Apuntes de mi cuaderno

Bienvenido, amigo:

Aquí tomaré apuntes de la vida: esa voluntad a medio hacer a la que le falta levadura, ese tañido lastimero de la campana que aún no ha sonado por nosotros, ese vuelo de la libélula engreída que vuelve al agua quieta para mirarse, esa soledad que se agiganta en la carcajada en ruinas, esa falsa madurez que solo va robándonos las gotas de rocío sobre las telarañas...


O, ¿quién sabe?, puede que en este cuaderno solo acabe apuntando mis historias.


¿Me acompañas?






lunes, 11 de julio de 2016

La gran decisión




                                                                      
El Anciano encontró la llave en la escombrera y siguió rebuscando un buen rato hasta dar con el diario de candadito. Ilusionado por el hallazgo, lo abrió, miró a su alrededor para asegurarse de que no estaba viéndolo nadie y leyó la primera página: «Cintia, 10 de octubre de 2015».

Lo guardó en el bolsillo. No había tiempo que perder. La Patrulla de Niños de Oscuridad podía aparecer de un momento a otro. Lo registrarían, le requisarían el “cuaderno revolucionario”. Las autoridades llamaban así a aquellos diarios donde las adolescentes, aún puras, habían anotado banalidades antes del Desastre. Entonces las grandes preocupaciones de las quinceañeras giraban en torno a si Iván o Christian las prefirieron en el baile o si habían llevado el vestido de florecitas o de cuadraditos al cumpleaños de su mejor amiga.

Pensó: «Tendríamos que poner en las fechas “antes” o “después” del Desastre, como se hacía entonces con Cristo. Así que Cintia empezó a escribir el 10 de octubre del año 5 a. D.». De golpe saboreó el dulce de la tarta que quizá la madre le comprara o hiciera cada año hasta los veinte. Vio las velas encendidas, oyó el “cumpleaños feliz”, olió el chocolate y sintió el calor de familiares y amigos. Pero el viento seco y helado del Norte le trajo un olor acre desconocido. Se apresuró a salir de entre los escombros y alcanzó la carretera. Alzó la mirada con preocupación. Aquel cielo inmisericorde, plomizo, ni se despejaba ni acababa de soltar la lluvia.

Mientras caminaba, iba pasando el índice por la pasta del libro. La rugosidad le cosquilleaba en la yema algo insensibilizada por la tarea de polinización. Doce horas diarias durante los diez años del Servicio Obligatorio habían sido demasiadas. Aunque sintió aquella aspereza como un placer prohibido al imaginar el limpio rostro de Cintia. El cutis terso de aquella adolescente bien alimentada y la viveza de aquellos ojos todavía inocentes le aguijonearon la voluntad para luchar por sus derechos.

Le quedaba solo una semana y por primera vez dudó. Durante el Servicio Obligatorio de Polinización había tenido clarísimo que, al finalizarlo, se enfrentaría a la Ley de Eutanasia Forzosa. Pero la valentía había dado paso a la angustia. Hoy su cuerpo ―arrugado, consumido, casi esquelético― parecía un fantasma. Y en medio de ninguna parte, sin esperanza,  tiritando de frío, solo en aquel crepúsculo gris, echó a correr. Avanzaba, cambiaba el sentido, retrocedía, volvía a darse la vuelta… 

Tenía que decidirse ya: o se entregaba el día de su cumpleaños o huía al Valle de los Proscritos. Si se presentaba al Organismo de Jóvenes por la Eutanasia, le inyectarían el Calmante Letal. Si escapaba, tendría que esconderse para siempre. Había visto cómo acababan los detenidos por la Policía Adolescente de Frontera. Además, conocía las duras penalidades a las que se enfrentaban los fugitivos. 

«Cuarenta años», pensó. Hasta los veintidós había oído hablar con frecuencia de centenarios. Incluso había conocido a dos: una mujer de ciento tres y un hombre de ciento uno. Imaginaba entonces que tal vez con un poco de suerte él viviría noventa, quizá más. Pero allí estaba ahora, a siete días de llegar a la cuarentena, debatiéndose entre cumplir la ley o convertirse en un rebelde. Acarició un instante la idea del descanso definitivo.

El ruido de las airadas patadas que iba dando contra el asfalto en aquella carrera sin destino lo sacó del pensamiento derrotista. Apretó el diario dentro del bolsillo como si quisiera exprimir de él a la propia Cintia, o por lo menos la adoración que probablemente habría sentido por sus cuatro abuelos octogenarios.

Se detuvo un momento a contemplar la desnuda llanura de la que las ráfagas de aire levantaban nubes de polvo fino. Antes de 2020 aquello había sido un descampado que se llenaba en primavera de flores amarillas, blancas, moradas y rojas. Los jaramagos, las nabizas, las malvas, las vezas y las amapolas formaban un tapiz colorido sobre el fondo verde de las hojas. Comparó la vegetación multicolor de su recuerdo con aquel páramo gris. Un escalofrío le recorrió el cuerpo de la nuca a los pies.

«Mejor que “Ancianos” deberían llamarnos “Insectos”», susurró. Aterrado por haber osado pronunciar la palabra maldita, giró la cabeza para cerciorarse de que no venía nadie detrás.

Odiaba el Gobierno de la Juventud, que dirigía el mundo con mano férrea desde la Extinción de los Insectos. ¿Claudicaría ya o se uniría a los Proscritos?

Solo después de leer el diario entero decidiría.
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